Entra en escena José Luis Simón
Desde la sincronía de lo posible del futuro con el pasado,
desde un tiempo y un lugar que todavía está por ocurrir porque aún no se ha
dado (en el momento de la escritura) y otro tiempo iniciado a principio de
julio de 2003 en un lugar de la sierra de Madrid que todavía no diré, se va a
rememorar el encuentro de un grupo de amigos interesados en la esencia de la
vida. En realidad, el propio sustrato a esta esencia forma parte de su interés y
es posible que por esto sean amantes del arte. Unos iban a realizar un esplendido
viaje por el Asia del Pacifico, algunos venían de la antigua Trinaclia de la
Magna Grecia, otros estaban de visita desde la tierra hermana latinoamericana, y
también había quien mantenía la emoción intacta de su última estancia invernal junto
al Teide en casa de su hijo astrofísico.
Una vez que la velada había comenzado a discurrir por el
proceso creativo - el anfitrión, acostumbrado a prestar ayuda en el proceso de
dar a luz las dimensiones artísticas propias de una obra - argumenta que en
realidad el observador de la obra de arte también contribuye a la vida del
cuadro. Gracias al autor la obra ha tomado forma, pero todavía no ha llegado a
ser todo lo que lleva dentro, o cómo dice Nietzsche, aún tiene que "llegar a ser lo que se es". En realidad, en primer lugar nos introduce a esa diosa
que conduce el carro de la verdad artística, o como él indica “el sentido que ha
tenido, y tiene, para los seres humanos la expresión mediante los lenguajes artísticos”. Sigamos ahora el discurrir de las palabras de nuestro querido amigo pintor:
“La palabra, la música, la pintura, la
escultura.., y tantas formas de lenguaje
han sido los significantes que han permitido a los humanos manifestar, no ya su
dimensión comunicativa útil, sino sus emociones, la proximidad a lo divino, así
como el acercamiento a la verdad. La guía que ha dirigido esta acción ha sido
el juego, el placer, la amistad o el amor a la sabiduría. Y el término, que desde el Medioevo, utilizamos
para referirnos a estas manifestaciones es el de Arte.
Desde
la controversia contemporánea que enfrenta materia y espíritu, el ascenso
público de la ciencia ha oscurecido el espacio espiritual como lugar humano, en favor de la idea hegemónica
de su materialidad. Este enfrentamiento se realiza entre una comprensión de la ciencia
que se arroga el desarrollo de la espiritualidad como superestructura soportada
por un sustrato material, y los que defienden interpretaciones –entre los que
me encuentro- que propugnan que los humanos somos espíritu, aunque nos
mostramos a través de la materia.
La
esencia espiritual ha quedado relacionada con el arte, y aunque no busca explicar
la realidad desde los parámetros de la ciencia, manifiesta la propia realidad
humana. Y es así que el artista siente la necesidad interior de comunicarse, por
medio de un lenguaje que le es propio, ya sea por un motivo lúdico o trágico,. El
arte no es para entender ni sirve para
nada, simplemente es para gozar, aunque también permite mediar en la
comprensión de lo oculto
Este
convencimiento nos ha llevado a algunos a asumir una actitud de compromiso para
fomentar esa comunicación espiritual, participando activamente en ella. Por
otra parte, estamos convencidos que es la que ha producido algunas de las más
bellas y sorprendentes manifestaciones en la evolución de la especie humana
Continua, ahora, en relación a los discernimientos de un
contemplador de pintura:
Partimos
de la base de que en la obra de arte, el artista plástico, y el contemplador,
son los tres pilares sobre los que se sustenta la pintura, como medio de
expresión.
El pintor (artista
plástico) -al igual que el músico, y
otros que trabajan con otras disciplinas artísticas- desarrolla un lenguaje
propio porque tiene la necesidad de expresar su mundo y de comunicarlo al
exterior. Al utilizar ese lenguaje con sensibilidad, emoción, e inteligencia
crea unas obras que se convierten en nuevas realidades, que tendrán su propia
vida, como elementos de esa comunicación espiritual, a la que nos referimos. Después,
el contemplador, por medio también de la sensibilidad, la emoción y la
inteligencia, se encuentra con el artista en la obra de arte, completa y da
sentido a la creación.
El objetivo básico de esta
comunicación es la fruición, es decir: el gozo estético. Para ello, la
única sabiduría que se le puede exigir al contemplador es, la de saber mirar.
Desde un punto de vista genérico, la posición idónea para la adquisición de
cualquier sabiduría, es la de la ignorancia y la ingenuidad. No es imprescindible, pues,
ningún conocimiento de teoría alguna. Esta es también una excelente actitud de
partida para aprender a saber mirar una obra de arte.
La mirada ingenua y libre de ataduras,
lleva a la libre expresión de lo que se percibe. A veces, conocer al artista
personalmente ayuda porque nos proporciona un nivel de familiaridad, tal vez para
perder el miedo ante aquel objeto nuevo
y desconocido. Pero no es imprescindible, ya que la obra tiene vida propia y
habla por si misma. Transciende al creador, aunque en ella esté la impronta del
mismo, y es realmente la que permanece, y a través de la cual se puede llegar a
él, incluso una vez éste ha desaparecido.
Podría también decirse que aunque la
mirada limpia y abierta es un buen comienzo para que la comunicación espiritual
se manifieste en toda su amplitud, ese acercamiento no debe agotarse con la
simple mirada. En la obra siempre queden cabos sueltos, interrogantes, rincones
impenetrables en los que el misterio permanece, asegurando así el renacimiento de la fruición, o lo que es lo
mismo: el dialogo vivo.
Es cierto que la obra se manifiesta
mediante un soporte material, sin embargo lo que se trata de mostrar es inmaterial,
es la respuesta a una necesidad espiritual. Sobre este particular, me gustaría
recordar una cita, que apareció algún día ante mi. Y, que me parece de una gran
claridad: “La expresión de la necesidad interior podría también denominarse,
el lenguaje del alma”.
Para el artista (o mejor, para el
artífice de la obra) le es preciso un aprendizaje y un conocimiento de las características materiales del soporte y
de las técnicas materiales que utiliza, pero para el contemplador lo importante
es llegar al contenido inmaterial. Y por eso, si algo debe cultivar, para acercarse
a la obra -o quizás mejor habría que decir- para lograr una actitud que permita
que la obra le alcance, es su apertura espiritual que le aportará mayor grado de
sensibilidad.
Cabe también decir, que la frecuencia
de la contemplación, como experiencia fruitiva, facilita que la mente del
contemplador se ordene estéticamente y consiga experiencias satisfactorias con
mayor naturalidad. O, dicho de otra forma, aficionarse a participar en
exposiciones de pintura (ya sea en museos, galerías, o en cualquier otro lugar
) es una buena práctica para lograr poco a poco un mayor disfrute con las artes
plásticas y una mejor comprensión de sus lenguajes. De la comprensión se pasa
al amor por el arte.
Esta reflexión de José Luis fue un principio cronológico y un principio en el sentido de fundamento, que establece un criterio artístico. Por otro lado, posiblemente la cuestión de qué se encuentra entre la materia y el espíritu, lo humano o el arte, o ambos, sea una pregunta aún muy abierta. O también, si las categorías entre las que se encuentra el arte puedan ser más bien lo mortal y lo inmortal, y si lo inmortal está próximo a la creencia cristiana o a la comprensión griega, y qué posición ocupa entonces lo humano en todo ésto.
Para acabar, dejaremos que Pencho (uno de los amigos invitados) nos lea un fragmento del libro que le ha acompañado en su viaje, que conecta con los argumentos de José Luis. En dicho fragmento aparece la “interpretación artística” incluida en el término “estética”, que a su vez está relacionada con la comprensión contemporánea de la filosofía, en la que ya Nietzsche afirmaba que no hay hechos sino interpretaciones. Es así que también el arte no lo es hasta que se completa el ciclo interpretativo dado por el contemplador de arte. Dice Pencho:
Para acabar, dejaremos que Pencho (uno de los amigos invitados) nos lea un fragmento del libro que le ha acompañado en su viaje, que conecta con los argumentos de José Luis. En dicho fragmento aparece la “interpretación artística” incluida en el término “estética”, que a su vez está relacionada con la comprensión contemporánea de la filosofía, en la que ya Nietzsche afirmaba que no hay hechos sino interpretaciones. Es así que también el arte no lo es hasta que se completa el ciclo interpretativo dado por el contemplador de arte. Dice Pencho:
Si no os importa, en relación con lo dicho por
nuestro anfitrión, me agradaría leer el primer párrafo del prólogo de Sergio
Givone en su libro Historia de la estética.
“Se ha dicho
que la estética ocupa en el ámbito del saber contemporáneo un puesto similar al
que ocupaba la astronomía en tiempos de Galileo. Esta afirmación, aunque un
poco paradójica, contiene algo de cierto. La estética hoy, como entonces la
astronomía, una disciplina marginal que está lejos de los problemas que más
directamente atañen a la realidad de la existencia, a la vida; sin embargo, es
precisamente su ubicación en las móviles zonas del límite, donde el mundo
parece fluir continuamente en el juego de la invención y las producciones
simbólicas y oníricas, lo que hace de la estética un observatorio privilegiado
para entender nuestra situación en el mundo y en la historia. Es como si una
vez más la aparición de algo que está en una remota e inalcanzable lejanía (las
estrellas, las obras de arte…) nos enviara mensajes en los que hay algo de
nosotros y a cambio configurásemos el tropismo originario, es decir, la
orientación fundamental respecto a las cosas y a los hombres.”


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