martes, 28 de noviembre de 2006

Límites para una vivencia


Con la serenidad que da la amistad, me voy a acercar a la obra de un pintor amigo mío (José Luis Simón), cuyo cuadro da nombre a este escrito. El marco de reflexión artística me lo ha proporcionado el apartado «La henología de los límites presocrática como teología racional délfica» del texto de Teresa Oñate «El nacimiento de la filosofía». La pregunta que late en la redacción de este escrito es la relación del proceso artístico con el proceso de la formación del pensamiento, que utilizaron los primeros filósofos de la naturaleza, que necesitaban la asunción de los límites y la muerte, y encontraban en la racionalidad del mundo su propia divinidad.


La reflexión sobre los límites en la obra de un artista lo aproxima a un proceso constituyente, donde emergen a la superficie las unidades simbólicas de sentido indivisibles y eternas que el artista, como individuo sensible al conocimiento inmanente de la naturaleza, descubre y convierte en su mundo alegórico de representación artística.


Lo uno-indivisible, intensivo, eterno y divino de la naturaleza es múltiple porque forma parte de las unidades de síntesis que son creadas por la espontaneidad autolegislativa de la propia naturaleza o del artista sujeto a iguales principios. Estas unidades de síntesis compuestas, por lo tanto divisibles, con unos límites determinados - tienen el carácter propio y único de la obra que ha dado vida el artista - pasan a formar parte del patrimonio de la humanidad; y la diversidad de sus interpretaciones conforman la casualidad fenoménica de la obra a través de múltiples individuos, épocas y lugares distintas que dan lugar a verdades plurales alternativas.


Todo lo que no tiene principio, como nos enseño Aristóteles - en el sentido de disponer de origen y final, y por tanto ser consecuencia - es un principio con carácter de ley. La obra de un artista habitualmente tiene periodos regidos por una ley de creación y otros periodos constituyentes donde reflexiona sobre los límites y las leyes que conforman su visión artística; de esta forma, se pueden dar obras que forman parte de un determinado periodo y otras que representan a la propia ley, por pertenecer al proceso constituyente.


El cuadro de José Luis «Límites para una vivencia» que nos sirve de «tribuna» para observar el arte desde una óptica de pensamiento presocrático es precisamente una obra «principio», un cuadro que describe las leyes de racionalidad artística que regirán un periodo importante de su obra; los cuadros de esta época desvelarán a través de sus unidades de sentido el mundo vital de nuestro querido amigo.


En este cuadro el principio que nos muestra José Luis es «la ley de la vida», esta ley de la naturaleza permite enlazar los elementos y mantener la armonía y el latido artístico del cuadro. La monada del corazón-puño es la unidad indivisible que forma parte de la riqueza simbólica de nuestro pintor y de la divinidad inmanente de la naturaleza. Este corazón es la fuente de vida, la presión y fuerza que se transmite por las líneas de corriente que enlazan las singularidades del cuadro.


Las franjas laterales, que limitan el marco principal del cuadro, también nos dan otra clave, otro principio de la obra de José Luis. Las palabras y frases del lenguaje simbólico se confunden y aparecen como sombras en la zona oscura del cuadro; al descorrerse la oscuridad de la zona central, mejora el contraste de los símbolos en un mar de claridad, nos abre y desvela la ley de rige los elementos, el color y las texturas. Posteriormente José Luis descubrirá que sus monadas eternas sobreviven en contrates con fondo azul y posiblemente alguna vez las zonas oscuras cubrirán la zona central del cuadro y serán capaces de sobrevivir.


Cuando José Luis refleja la vida en su obra y la entrega al fluir eterno de la diversidad interpretativa se sitúa a la vez en los límites de dos mundos, el humano y mortal regulado por el tiempo cronológico y el artístico que es inmortal y determinado por el tiempo sincrónico de la eternidad. Estas obras de arte, creadas cuando Dionisos forma parte del propio ser del artista, permitirán a los hombres reconocer la eternidad durante los momentos de éxtasis cuando desaparece Cronos y el tiempo queda congelado en un momento sin movimiento.

domingo, 26 de noviembre de 2006

Parménides responde a Hamlet

Dice el príncipe Hamlet en el poema que escribe a Ofelia, antes de la ficción de desamor que se verá obligado a representar:



«Duda de que las estrellas tengan fuego.
Duda de que el sol se mueva.
Duda si la verdad no es mentira.
Pero que yo te amo, no lo pongas en duda.»


En boca de Hamlet, Shakespeare habla de la verdad en el sentido de juicio, además, la considera como algo no inmutable, que puede llegar a convertirse en mentira, en no ser; sin embargo, sí está asumiendo que hay algo eterno, no sujeto a cambios, que lo aproxima a la experiencia del «ser» griego; esto es, su amor por Ofelia, porque de esto no se puede dudar.


En otro lugar de la misma obra, Hamlet ha sido llamado en secreto por el rey, para que se encuentre con Ofelia, como si fuese por casualidad y así espiarlos. Mientras en escena se encuentra Hamlet, ya iniciada la representación de su simulada perdida de razón, y antes de participar en una parodia teatral donde relata el asesinato de su padre. En este momento pronuncia la inolvidable frase «Ser o no ser, he aquí la cuestión» que nos remite desde su raíz a la ontología griega.

Es en la relectura de Grecia donde el significante «ser» de Shakespeare puede adquirir su verdadero significado. Hamlet se cuestiona el «ser» como el elemento necesario de su pensamiento, no se refiere al verbo cópula que en la Modernidad solo realiza la función introducir el tiempo y el modo, para armonizar de esta forma la flexión verbal, enlazando el sujeto y el predicado nominal. Las oraciones: yo aquí, yo estuve aquí, yo soy aquí, únicamente difieren en el tiempo y modo que añaden los verbos «ser» y «estar».
Parménides sale en apoyo de Hamlet para explicarle: «… pues nunca jamás se impondrá esto: no siendo, ser» -- y añade después -- «¿y como habría nacido? Pues si ha llegado a ser, no es, ni si alguna vez va a ser». Colli en su texto explica: a la alternativa «¿es o no es?» Parménides sintetiza la formulación más universal de la pregunta dialéctica y, al mismo tiempo, la formulación del enigma supremo, la ley de Parménides ordena responder «es».

Skármeta entre Neruda y Heráclito

Dice Antonio Skármeta sobre "Veinte Poemas de amor..." de Neruda: «en primer lugar está el amante que escribe los versos, que busca comprender a la amada y que a la vez necesita a la amada para comprenderse a sí mismo. Por lo tanto hace de la amada una musa y una compañera».



Parménides en su poema hace hablar sobre la verdad la «aletheia» a una diosa que lleva precisamente su nombre, y es así como la propia verdad expresa lo que es necesario, lo que es así y no puede ser de otra forma -que para Grecia es lo divino-, que corresponde precisamente con lo verdaderamente inteligible (esto es, lo opuesto a lo que es lo divino en las religiones semitas, o sea lo que se tiene que creer porque no tiene explicación).


Y sigue después Skármeta: «el sentido mágico de algunos de sus versos que se desprendieron del total del poema y se convirtieron en partículas muy fértiles y populares, con vida propia. Por ejemplo: "Me gusta cuando callas, porque estás como ausente" (1). Uno puede no conocer el resto del poema, no saber adónde conduce ese glorioso inicio, pero el verso queda resonando, con una pizca de algo poético y entrañable. Está también el verso: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche" (2) o "Es tan corto el amor y tan largo el olvido" (3). Son como pequeñas municiones poéticas que mantienen vivo el nombre de Neruda, aun cuando muchos no comprendan el alcance total de los poemas ni puedan dar cuenta de su sentido.»


También el pensamiento de Heráclito –como estos simples versos de Neruda- se ha transmitido con vida propia entre el cuerpo de los textos clásicos como fragmentos, como aforismos de un saber oculto que recuerda a la sabiduría de Delfos.


El sentido de pensar el ser de «a-lethia» de verdad, como des-ocultamiento ¾-que es voz literal¾ permite encontrar la fuerza de su explicación en la convivencia de significado con su opuesto, con su contrario polémico heraclíteo «lo oculto», en vez de «lo falso». De igual forma, la fuerza del verso "Es tan corto el amor y tan largo el olvido" viene dada por la contraposición de la esencia del ser del amor, no como lo opuesto al odio sino al olvido, a la ausencia.


Heidegger dice que, en vista del olvido del ser, puede manifestarse un recuerdo que piense el ser mismo y nada más que éste, en tanto considera el ser mismo en su verdad. Para ello se requiere una experiencia de la esencia del olvido, de lo que se oculta en la esencia de la «aletheia»; ya los griegos experimentaron el olvido como un suceso de la ocultación. Es así como en la ausencia se experimenta el ser, que se puede convertir en tristeza —"Puedo escribir los versos más tristes esta noche"— al descubrir la distancia; y en placer, al comprobar que lo ausente amado se encuentra en nuestra cercanía en silencio, como en el verso "me gusta cuando callas, porque estás como ausente".

Ibn Arabí


A todos los navegantes de la rosa de los vientos:

El lugar donde se pliega toda comunidad, ya sea bajo el cobijo de la filosofía teórica o el de la filosofía práctica, e incluso de la religión o la política, es la «philía». El amor, la amistad ha atravesado todo el pensar, y por supuesto es el que permite que se pueda producir el dialogo en un marco ideal como propugna Habermas.

Desde esta posición, dado los tiempos que corren (digo esto pensando también en Walter Benjamin), quiero recuperar del olvido unas palabras de paz del sufí murciano-andalusí Ibn Arabí, y dedicarle un cariñoso recuerdo.

«Mi corazón acepta todas las creencias.
Prado es para las gacelas y convento para el monje,
templo para ídolos, Ka’ba para peregrinos,
tablas de Torá y libro de Corán.
Profeso la religión del amor doquiera
cabalguen sus monturas, pues el amor
es mi sola religión y mi fé.»


Ilustración: El flautista de Santa Clara. Pintura musulmuna del siglo XII perteneciente al palacio hudí andalusí.